24.11.09

libro: EL IMPERIO DE LOS DRAGONES

Libro de Valerio Massimo Manfredi, el imperio de los dragones trata en la antigua roma, Marco Metelo Aquila personaje principal, es tomado prisionero por los persas (Sapor I) junto al emperador Valeriano, logran escapar despues de meses de cautiverio, trabajo arduo y un misero alimento, soldados experimentados que a lo largo de su huida presinden de sus habilidades para sobrevivir, con la ayuda de un mercader emprenden su viaje a china, donde se describe de manera caricaturesca la china antigua, donde el amor y el honor son el ingrediante principal.

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EL IMPERIO DE LOS DRAGONES de VALERIO MASSIMO MANFREDI
Primer Capítulo

Los rayos del sol naciente bañaron las cimas del Tauro, los picos nevados se tiñeron de rosa y centellearon cual joyas en el valle sumido aún en la sombra. Luego el manto luciente comenzó a extenderse lentamente sobre las crestas y las laderas de la gran cadena montañosa despertando la vida adormecida de los bosques.
Las estrellas palidecieron.
El halcón fue el primero en planear en las alturas para saludar al sol, y sus agudos chillidos resonaron en las paredes de roca y en los barrancos, en los ásperos despeñaderos entre los que corría espumante el Korsotes, crecido tras fundirse las nieves.
Sapor I de Persia, el rey de reyes, de los persas y de los no persas, el señor de los cuatro rincones del mundo, volvió a la realidad al oír aquel chillido y alzó la mirada para escrutar el amplio vuelo del señor de las alturas; luego se acercó al purasangre árabe espléndidamente enjaezado que le traía el escudero. Un criado se arrodilló para que él pudiera apoyar el pie sobre su pierna flexionada para saltar sobre la silla. Otros dos criados le trajeron el arco y la cimitarra con su funda de oro y un abanderado se colocó a su lado empuñando el estandarte real: un largo pendón de seda roja con la imagen bordada en oro de Ahura Mazda.
Sus oficiales le aguardaban en el centro del campamento armados hasta los dientes, montados en sus caballos cubiertos con preciosas gualdrapas, con la frente protegida por chapas de acero. Ardavasd, el comandante supremo, le saludó con una profunda inclinación que inmediatamente imitaron los demás; luego, a una señal del rey, tocó los ijares del caballo con sus talones y se puso en marcha. Todos los demás oficiales se colocaron en abanico a derecha e izquierda de Sapor y comenzaron juntos a descender de la colina.
La luz había alcanzado ya la entrada del valle y comenzaba a iluminar las torres de Edesa, situadas en lo alto de la planicie semejante a una estepa batida por el viento del desierto.
Un gallo saludó al astro naciente con un reclamo largo y repetido.
En el patio de su casa, Marco Metelo Aquila, legado de la II Legión Augusta, estaba en pie desde hacía rato, vestido ya y con la armadura puesta.
Oriundo de Italia del sur, había endurecido huesos y músculos en el largo servicio que había prestado en todas las fronteras del imperio: la costumbre de gritar a sus comandantes en el campo de batalla había vuelto profunda y ronca su voz y brusco su modo de hablar. Los pómulos altos, la mandíbula recia y la nariz recta acreditaban su descendencia aristocrática, pero el corte sobrio, casi ordinario, de su cabello y su barba, que nunca conseguía domar la navaja, delataban la austeridad del soldado y su costumbre al esfuerzo. Por su apellido, pero también por el color ambarino de los ojos y por cierta expresión rapaz de la mirada ante la inminencia del combate, se le conocía en todos los destacamentos al sur del Tauro como el «comandante Águila».
En aquel momento estaba enganchando la espada corta en su cinturón; era un arma obsoleta, heredada de una estirpe antigua, que él se negaba a colgar de la pared y a cambiar por el arma de dotación. Es más, siempre llevaba otra colgada de la silla del caballo y solía decir que con dos de ellas podía igualar a las espadas más largas.
—El canto de un gallo en una ciudad sitiada es de buen augurio —dijo mientras un ayudante le prendía en los hombros la capa roja, insignia de su rango—. Si él ha sobrevivido al hambre, también nosotros lo haremos.
Se acercó al templete de los lares y depositó una ofrenda, pequeña pero tanto más preciosa en aquella época de gran penuria —un puñado de harina de farro en honor a sus antepasados—, y se dispuso a salir.
Le detuvo la voz de su esposa:
—Marco.
—Sí, Clelia. ¿Cómo es que te has levantado tan temprano?
—¿Te vas sin tan siquiera despedirte de mí?
—No quería despertarte. Anoche te quedaste despierta largo rato y has dormido mal.
—Estoy preocupada. ¿Es cierto que el emperador quiere ir al encuentro del persa?
Marco Metelo sonrió.
—Es increíble cómo las mujeres consiguen siempre enterarse de las noticias que nosotros tratamos de mantener en secreto.
—Ya. ¿Y entonces?
—Mucho me temo que sí.
—¿Irá?
—Es muy probable.
—Pero ¿por qué?
—Ha dicho que la paz bien vale arriesgar la vida.
—¿Y tú? ¿No harás nada por disuadirle?
—Hablaré si me pide mi parecer, y en ese caso procuraré hacerle cambiar de idea. Pero cuando haya tomado una decisión, mi puesto estará a su lado.
Clelia inclinó la cabeza.
—Tal vez lo único que quiera es ganar tiempo. Galieno está en Antioquía. En pocos días a marchas forzadas podría estar aquí con cuatro legiones y desbloquear la ciudad. —Le levantó la barbilla y vio que tenía los ojos húmedos de lágrimas—. Clelia, llorar al despedirse del marido es de mal augurio, ¿no lo sabes?
Clelia trató de secarse los ojos. En ese mismo instante se oyó el ruido de unos piececitos que bajaban precipitadamente la escalera y una voz que llamaba:
—¡Padre! ¡Padre!
—¡Tito! ¿Qué haces aquí? ¡Vuelve enseguida a la cama!
—Habías prometido que hoy me llevarías contigo a la palestra.
Marco Metelo se inclinó para mirar a los ojos al niño.
—Me ha llamado el emperador. Él es el padre de todos, hijo mío, y cuando nos llama hemos de acudir a su lado. Ahora vuelve a la cama y trata de dormir.
El pequeño puso de repente cara seria.
—Te irás con el emperador y me dejarás solo.
El rostro de Marco Metelo se ensombreció a su vez.
—Pero ¿qué dices? Volveré, puedes estar seguro. Te prometo que volveré antes de que se haga de noche. Y tú sabes que un romano siempre mantiene la palabra dada.
Besó a su mujer, que estaba llorando, y salió.
En la calle, a los lados de la puerta de entrada, le esperaban sus ayudantes de campo, los centuriones Elio Cuadrato y Sergio Balbo. El primero era italiano, de Priverno. El segundo hispano, de Cesaraugusta. Ambos tenían la cara marcada por el tiempo y por las muchas batallas libradas por todo el imperio; sus rasgos eran duros, las cejas pobladas y la barba hirsuta. Cuadrato llevaba el pelo muy corto, tenía entradas, era alto y de complexión maciza. Balbo era más bien bajo y de tez morena, pero sus ojos eran claros; su nariz chata acreditaba su pasión por el pugilato.
Metelo se puso el yelmo, se ató las tiras debajo de la barbilla, intercambió una mirada de complicidad con ellos y dijo:
—Vamos.
Recorrieron las calles aún desiertas y silenciosas de la ciudad a paso lento, cada uno absorto en sus pensamientos, cada uno con una pena en el corazón.
El canto del gallo resonó de nuevo y el sol inundó de luz la calle que recorrían haciendo resplandecer el empedrado de basalto y alargando sus sombras hasta los muros de las últimas casas a sus espaldas.
En un cruce de calles se encontraron de frente con otro grupo de oficiales que se dirigían, evidentemente, a la misma cita.
Marco reconoció a su colega.
—Salve, Lucio Domicio.
—Salve, Marco Metelo —le saludó el otro.
Prosiguieron juntos hasta el foro, que atravesaron en dirección al cuartel general. Desde allí podía verse el camino de ronda en la atalaya de las murallas. El cambio de guardia: pasos cadenciosos, el ruido metálico de las jabalinas contra los escudos. Saludos. Órdenes secas.
—El último cambio de guardia —dijo Marco Metelo.
—Por hoy —corrigió Lucio Domicio.
—Por hoy —confirmó Metelo.
Lucio Domicio era supersticioso.
Llegaron a la entrada del cuartel general. Les esperaba Casio Silva, comandante de la plaza, compañero de tienda y de armas durante años de Galieno, el hijo del emperador.
Un piquete de pretorianos presentó armas al paso de los tres legados y los introdujo en el interior. Los centuriones y el resto de oficiales de inferior graduación se quedaron fuera.
El emperador Licinio Valeriano les recibió en persona, listo y armado.
—Os comunico que he decidido ir al encuentro de Sapor. Desde anoche, un destacamento de los nuestros, una cincuentena de hombres, está en tierra de nadie en el margen derecho del Korsotes. Desde la otra parte del río, otros tantos jinetes persas vigilan y defienden el terreno en el que tendrá lugar la cita.
»No se trata de un encuentro improvisado: nuestros plenipotenciarios han preparado los asuntos que discutiremos de modo que todo sea más simple.
»Sapor parece dispuesto a discutir el final del sitio a Edesa, aunque la ciudad, por su posición de nexo de unión geográfico y comercial entre Anatolia y Siria, sea muy importante, a cambio de un acuerdo general que replantee las relaciones entre nuestros dos imperios y establezca una paz duradera. Nos pide que renunciemos a algún territorio en Adiabena y en Comagene, pero está abierto a otras soluciones. Está dispuesto a negociar. Las premisas me han parecido buenas y he decidido ir a su encuentro.
—La tuya es una sabia decisión, César —aprobó Casio Silva.
Lucio Domicio Aureliano había escuchado hasta ese momento con el semblante sombrío, apretando con la mano la empuñadura de la espada. Era un soldado formidable: en diversas campañas había dado muerte con sus manos a casi novecientos enemigos y tenía otras tantas manchas grabadas en el mango de su jabalina. Su rapidez en desenvainar la espada era tal, que sus hombres le llamaban Manus ad Ferrum, «Mano a la espada». Pidió la palabra.
—He oído decir que tu hijo Galieno se encuentra en Antioquía y que podría estar aquí con cuatro legiones en unos cinco días. ¿Por qué correr riesgos?
—Porque tenemos comida suficiente solo para dos —rebatió Silva.
—Podemos racionarla; un poco de hambre nunca ha matado a nadie.
—No se trata solo de los víveres —replicó el emperador—. No es cierto que Galieno esté a punto de llegar, ni que vaya a emplear en ello solo cinco días. Nuestros informadores dicen que hay unidades de caballería persa a lo largo de todo el camino de Antioquía con la misión de cortar nuestras comunicaciones y de impedir los aprovisionamientos. No. Debo ir al encuentro de Sapor. Aunque solo sea para descubrir sus intenciones. Si podemos sentar las bases de un acuerdo duradero, tanto mejor. Si consigo ganar tiempo y evitar un ataque mientras esperamos que llegue Galieno, será en cualquier caso un buen resultado. El hecho de que haya sido Sapor quien haya solicitado el encuentro me hace concebir ciertas esperanzas.
Se volvió hacia Metelo.
—¿Y tú no dices nada, Marco Metelo? ¿Cuál es tu parecer?
—Que no vayas, César.
Valeriano le miró más sorprendido que turbado.
—¿Por qué?
—Porque todo este asunto no me gusta. Huele a trampa a una milla de distancia.
—He tomado todas las precauciones; el encuentro se hará en un campamento neutral, en terreno descubierto. Cincuenta hombres de escolta por cada bando. No puede pasar nada. Iré; ya lo tengo decidido. Además, no quiero que Sapor crea que el emperador de los romanos tiene miedo.
Salió, seguido por los otros oficiales.
Metelo se acercó a su lado.
—Entonces iré contigo, César.
—No —respondió el emperador—. Es mejor que te quedes aquí. —Se le acercó hasta casi hablarle al oído—. Quiero estar seguro de que encontraré la puerta abierta cuando vuelva.
—Entonces deja aquí a Lucio Domicio: es el hombre más leal que conozco, tiene un gran ascendiente sobre las tropas y ya se ha encontrado en situaciones parecidas. Yo te seré de más utilidad allí fuera.
El emperador miró a Metelo y luego a Lucio Domicio, que se había quedado unos pasos atrás, y asintió.
—Está bien, entonces. Tú vendrás conmigo y Lucio Domicio se quedará en la ciudad. Quiera el cielo que esta sea la decisión acertada…
Casio Silva sonrió.
—Da igual quién vaya contigo, César, no cambia nada las cosas. Dentro de poco volveremos a reunirnos para la comida, a menos que Sapor quiera invitarnos a su lujosa tienda.
Un caballerizo trajo el caballo del emperador y Marco Metelo hizo que se llevaran el suyo. Como de costumbre, el ayudante había ya atado la segunda espada corta al pomo de la silla.
Lucio Domicio levantó la mirada hacia los glacis. Desde la torre de guardia, un soldado hizo ondear un paño rojo: una, dos, tres veces.
—Indican que está todo listo… —dijo.
Un paño blanco ondeó desde la atalaya de derecha a izquierda y luego de izquierda a derecha.
—… y que todo está tranquilo. Nada sospechoso.
—Muy bien —aprobó Valeriano—. Andando.
Clelia había conseguido meter de nuevo al niño en la cama y se dirigía hacia la azotea con la esperanza de poder ver qué sucedía extramuros; de repente, oyó un ruido.
Aguzó el oído, pero no oyó nada más. Quizá lo había imaginado. Empezó de nuevo a subir la escalera, pero volvió a oír el ruido, claro y distinto; parecía provenir del sótano.
Clelia cogió una vela de una repisa, la encendió con la llama de una lucerna y se dirigió hacia la planta baja. Estaba preocupada por la ausencia de su marido porque prácticamente estaba sola en casa. ¿Qué podía ser?
Trató de seguir el ruido; provenía sin duda del subterráneo. Abrió la puerta que daba al sótano y empezó a bajar la escalera manteniendo la vela en alto.
—¿Quién hay ahí? —preguntó en voz alta.
Respondió una especie de estertor.
—¿Quién hay ahí? —repitió.
Aguzó el oído y oyó unos pasos arrastrados que provenían de detrás de un postigo. Por lo que sabía, la puerta cerraba el desagüe de una vieja instalación termal que conducía hacia el exterior de la ciudad; desde que vivía en aquella casa nunca la había abierto. Pegó el oído a ella y oyó de nuevo ruidos, amplificados por el vacío. Descorrió el cerrojo y estiró con todas sus fuerzas para abrirla, agarrando con ambas manos la pestaña. La puerta chirrió, gimió y cedió de golpe. Clelia retrocedió con un grito de terror.
Delante de ella había un hombre medio desnudo y cubierto de sangre que la miró por un instante con una expresión de extravío; luego se desplomó en el suelo con un estertor agónico.
Clelia se dio cuenta enseguida de que aquel pobre desgraciado no representaba ningún peligro porque se estaba muriendo. Lo hizo rodar a un lado, puso su chal debajo de su cabeza y fue en busca de un vaso para darle un poco de agua.
El hombre bebió y comenzó a hablar.
—Hemos sido traicionados… Avisad…, avisad…
—¿Quién eres? —preguntó Clelia—. ¿Quién eres?
El hombre estaba en las últimas.
—Nos han sorprendido y atacado…, avisad al emperador de que no…, no vaya al… Es una emboscada…, es una…
Ladeó la cabeza, sin vida.
Clelia se estremeció; en un instante imaginó qué había sucedido y qué podría ocurrir si no trataba de parar la máquina mortífera que el enemigo había puesto en marcha.
Volvió a subir a toda prisa la escalera, cruzó el patio y salió al exterior, a la calle. La ciudad estaba aún desierta y Clelia echó a correr.
La guardia abrió la puerta que daba al exterior y el pequeño cortejo imperial se puso en marcha para dirigirse hacia el lugar de encuentro. El sol estaba ya por encima del horizonte y dibujaba claroscuros en el terreno árido y pedregoso que rodeaba la ciudad, diseminado de matojos de amaranto y de terebinto. El Korsotes discurría a su izquierda a lo largo de un trecho, luego doblaba a occidente interceptando la marcha.
La escolta que había pasado la noche defendiendo el vado les aguardaba a escasa distancia, en tierra de nadie, para acompañarles hasta el margen opuesto, donde iban a encontrarse con el rey de los persas, Sapor. Un centurión, que hizo una seña de saludo, y unos cincuenta jinetes se pusieron en marcha cuando el emperador y su séquito estuvieron a menos de cien pies del vado.
Metelo observó algo extraño y su rostro se ensombreció. Hizo una seña a Balbo.
—¿Qué pasa, comandante? —preguntó este en voz baja.
—Piernas blancas.
—¿Qué?
—Tú mismo puedes verlo. Estos hombres llevaban los bombachos hasta ayer mismo. Son persas, no romanos.
—Maldición, ¿y dónde están los nuestros?
—Probablemente asesinados. Avisa al emperador, yo voy a intentar mandar una señal a Lucio Domicio. Aún estamos a tiempo de salvarnos.
Balbo se acercó al emperador y le susurró algo al oído.
Metelo dirigió el escudo hacia el sol y comenzó a lanzar destellos intermitentes hacia las murallas.
Lucio Domicio, que observaba con ansiedad cómo se acercaba el grupo al vado, se sobresaltó al ver las señales.
—Pi-er-nas blan-cas —silabeó—. Piernas blancas —gritó acto seguido—. ¡Persas! ¡Es una traición! El emperador está a punto de caer en una emboscada. ¡Trompeta, toca a alarma! ¡Que salga la caballería! ¡Rápido, rápido! ¡Abrid la puerta!
Los legionarios de guardia abrieron la puerta y el trompeta llamó a reunión a la unidad montada que estaba acuartelada no muy lejos, cerca de la residencia del emperador.
Al cabo de pocos instantes un centenar de jinetes se presentaron delante de la puerta ya abierta de par en par y se prepararon otros tantos de refuerzo, pero Casio Silva, a la cabeza de una unidad de pretorianos, los interceptó.
—¿Quién ha ordenado la salida? ¿Estáis locos? ¡Quietos, quietos he dicho!
—La he ordenado yo —gritó Lucio Domicio desde la atalaya—. El emperador está en peligro. ¡Han tendido una emboscada, debemos sacarlos de allí enseguida!
—El responsable de la plaza fuerte soy yo —rebatió Silva—, y ordenar una salida ahora, en medio de una negociación, me parece una locura; significaría exponer a los nuestros a la reacción violenta de los persas, y por tanto a una muerte segura. No hay motivos para pensar que el emperador está en peligro. Está todo tranquilo. ¡Cerrad la puerta!
Lucio Domicio bajó precipitadamente.
—Pero ¿qué dices? ¡Esto es traición! ¡Tendrás que dar cuenta de una decisión semejante!
Silva hizo una seña a los pretorianos que tenía consigo.
—El legado Lucio Domicio Aureliano queda arrestado por insubordinación hasta nueva orden. ¡Cumplid la orden! Y vosotros —dijo vuelto hacia los soldados del cuerpo de guardia— cerrad esa puerta.
Los pretorianos rodearon a Lucio Domicio, que tuvo que entregar la espada, y se lo llevaron. Los soldados comenzaron a cerrar los pesados batientes de la puerta.
Clelia, mientras tanto, tras llegar jadeante a las inmediaciones del cuerpo de guardia, había asistido a la escena y sentía que se le paraba el corazón. ¡Su marido estaba allí fuera, ignorante de todo, y dentro parecía que se tramaba una conjura!
Miró en torno angustiada, vio a un caballerizo que traía un caballo cogido de la brida y no lo dudó un instante. Desgarró su vestido por debajo de las rodillas, arrojó al suelo al caballerizo de un empellón, montó de un salto sobre el caballo y lo espoleó para alcanzar a toda velocidad la salida.
El caballo se encabritó delante de la puerta que se cerraba, golpeó los batientes con los cascos delanteros y se abrió paso hacia el exterior. Clelia lo espoleó aún más y se lanzó al galope.
La escuadra imperial se encontraba ya cerca del vado y la falsa escolta estaba a punto de alcanzar la orilla del torrente. Nadie se había puesto aún en marcha, pero la decisión estaba ya tomada.
—Apenas hayamos pasado a la otra orilla del río —dijo Metelo—, daremos media vuelta y nos lanzaremos hacia la ciudad. La ventaja será suficiente para ponernos a salvo.
—Siempre que alguien abra esa puerta —dijo Balbo—. Si han recibido nuestro mensaje, no comprendo por qué no han acudido en nuestra ayuda.
Apenas había terminado de decir estas palabras cuando Cuadrato le interrumpió:
—Mirad, deben de haber comprendido; está llegando alguien de la ciudad. Pero ¡si es una mujer! —exclamó acto seguido.
Marco Metelo se volvió hacia las murallas y se quedó pasmado.
—¡Es Clelia! ¡Es mi mujer!
La falsa escolta entretanto comenzó a atravesar el vado.
El emperador hizo una seña a Metelo.
—¡Ve!
Y este se lanzó al galope. Vio que Clelia avanzaba a gran velocidad diciendo algo a gritos. Ahora se encontraba casi a medio camino entre él y las murallas de Edesa y seguía avanzando, pero de improviso algo voló de las murallas hacia lo alto, en amplia parábola: ¡flechas!
Unos silbidos rasgaron el aire. Una, dos flechas se hincaron en el terreno, la tercera dio en el blanco y Clelia se desplomó en el suelo.
Metelo se precipitó hacia ella, se apeó del caballo y la cogió en sus brazos mientras aún respiraba. La flecha le había traspasado la espalda y le asomaba por el pecho, sus ropas estaban totalmente empapadas de sangre.
Metelo la estrechó contra sí llorando de rabia y de dolor, besando sus labios ya exangües, su frente, su pelo.
—Es una trampa —murmuró Clelia—. La escolta ha sido asesinada… Silva es…, es… Por favor, ponte a salvo, ve en busca de nuestro hijo. Está solo…
—Iré a buscarlo. Te lo prometo.
Clelia ladeó la cabeza y se desplomó, exánime. Marco Metelo sintió que moría con ella en aquel momento.
Alzó la mirada hacia la puerta de Edesa tozudamente cerrada, hacia las murallas, y distinguió en ellas una capa roja: seguramente era la de Silva. Se volvió hacia el vado y vio que el combate había empezado, ¡el emperador estaba cercado!
Al verlo, Metelo se recobró, recuperó la sangre fría y la determinación. Echó un puñado de polvo sobre el cuerpo de su esposa, a modo de simbólica sepultura, se tragó las lágrimas, saltó sobre el caballo y lo espoleó en una loca carrera hacia la orilla del Korsotes.
Irrumpió entre las filas de los guerreros persas de la falsa escolta blandiendo dos espadas, una en cada mano, y mandó a dos de ellos dentro del río, a derecha e izquierda; luego atacó a los demás con espantosa violencia. Golpeaba en todas direcciones; desgarraba, traspasaba, mutilaba, partía huesos y cráneos, abriéndose paso hacia Valeriano.
Llegaban guerreros persas de todas partes y Metelo supo que no le quedaban más que unos instantes para dejar el camino expedito para la huida del emperador. Pero cuando se dio la vuelta vio que Valeriano era derribado del caballo y caía en el agua en medio de enemigos. Exclamó: «¡Salvad al emperador!» y se arrojó hacia delante como un ariete.
Saltó del caballo y se lanzó contra los enemigos llamando a los suyos:
—¡Balbo, Cuadrato, a mí!
Los dos centuriones le flanquearon como mastines, se irguieron como torres a su lado y abatían con los escudos a todo aquel que se acercaba, traspasando con las espadas a aquellos que tenían delante, arrollando, pisoteando e inmovilizando con el canto inferior de los escudos a los que habían caído al suelo. Valeriano se defendía con una energía increíble para su edad, pero tenía que enfrentarse a la tumultuosa corriente del río y al mismo tiempo parar los golpes de los enemigos. Perdió el equilibrio; estaba a punto de morir a manos de un persa que levantaba en aquel momento la jabalina. Pero Metelo, en ese mismo instante, cayó encima de él por detrás y le cortó ambos brazos con dos golpes sucesivos y fulminantes; luego lo empujó dentro de la corriente como si de un tronco se tratara y se colocó al lado del emperador. Protegido por Balbo y Cuadrato, le ayudó a subir a su caballo, golpeó al animal en el lomo con la parte plana de la espada y el purasangre se lanzó a la carrera hacia la ciudad.
Valeriano cabalgaba a gran velocidad, consciente de que sus hombres se estaban sacrificando para salvarle la vida; estaba decidido a hacer salir de Edesa a todas las fuerzas disponibles para que acudieran en su auxilio y para hacer pagar al persa su doblez. Pero de pronto vio que un destacamento de enemigos avanzaba por la torrentera que tenía a su derecha y por la que discurría el río y se dirigía hacia occidente cortándole el paso hacia la ciudad.
Volvió grupas esperando poder alcanzar una de sus avanzadillas del camino de Nisibi, pero una línea de infantes se plantó de golpe delante de él como si hubiera surgido del terreno para cortarle el paso.[...]